Texto novela parte 1

capítulo uno primera parte

Corregir, rectificar errores de ortografía

Nivel Medio - Alto

Ejercicio 08


Os acercamos un capítulo del famoso y excepcional libro-novela  de Dominio Público. David Copperfield de Charles Dickens.

Hay bastantes faltas de ortografía que deberéis localizar y corregir. 

primera parte nazco corregir

Algunas palabras las hemos partido en dos, no son muchas en este ejercicio, pero alguna hay.

Utilizaremos el mismo texto para un nivel superior, así que leerlo con atención, si es necesario más de una vez. Si lo leéis observando bien, quizá el siguiente nivel os resulte muy fácil!!

Dividido en tres partes de unas ocho páginas cada ejercicio.

Texto para leer y comprobar el ejercicio. Primera parte ejercicio 8


HISTORIA DE LA VIDA Y HECHOS

DE DAVID COPPERFIELD

Charles Dickens

Dominio Público

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO PRIMERO

NAZCO (1ª de 3 partes)


Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas páginas. Para empezar mi historia desde el principio, diré que nací (según me han dicho y yo lo creo) un viernes a las doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, el reloj empezó a sonar y yo a gritar simultáneamente.

Teniendo en cuenta el día y la hora de nacimiento, la enfermera y algunas comadronas del barrio (que tenían puesto un interés vital en mí bastantes meses antes de que pudiéramos conocernos personalmente) declararon: primero, que estaba predestinado a ser desgraciado en esta vida, y segundo, que gozaría del privilegio de ver fantasmas y espíritus. Según ellas, estos dones eran inevitablemente otorgados a todo niño (de un sexo o de otro) que tuviera la desgracia de nacer en viernes y a medianoche.

 

No hablaré ahora de la primera de las predicciones, pues esta historia demostrará si es cierta o falsa. Respecto a la segunda, sólo haré constar que, a no ser que tuviera este don en mi primera infancia, todavía lo estoy esperando. Y no es que me queje por haber sido defraudado, pues si alguien está disfrutando de él por equivocación, le agradeceré que lo conserve a su lado.

Nací envuelto en una membrana que se trató de vender, anunciándola en los periódicos, al módico precio de quince guineas. No sé si los marineros en aquella época tendrían poco dinero o si lo que tenían era poca fe y preferían cinturones de corcho; lo que sí sé es que sólo se presentó un comprador, comerciante, que ofrecía por ella dos libras en plata y el resto en jerez, negándose a pagar ni un céntimo más por la seguridad de no morir ahogado. Como la adquisición de los vinos no interesaba a mi pobre madre, pues acababa de vender los suyos, desistió de la venta, después de retirar los anuncios, que tuvo que pagar. Diez años más tarde mi membrana fue sacada a sorteo en nuestra aldea, al precio de media corona la papeleta y con la condición de que el agraciado con ella pagaría además cinco chelines. Yo estuve presente en el sorteo, y recuerdo que me sentía humillado y confuso de que dispusieran así de una parte de mi persona. Le tocó a una señora que llevaba un gran bolso de mano, del que sacó de muy mala gana los estipulados cinco chelines, todos en medios peniques, y además dio un penique de menos, no sirviendo de nada el tiempo que se perdió en explicaciones y demostraciones aritméticas, pues no lograron convencerla de ello. Y es un hecho, que todos recuerdan como sorprendente, que la señora no murió ahogada, sino triunfalmente en su lecho a los noventa y dos años de edad.

 

Tengo entendido que dicha señora, mientras tomaba el té, que era su ocupación favorita, solía vanagloriarse de no haber estado encima del agua mas que una vez en su vida, y eso pasando un puente, y que se indignaba mucho contra los marinos y demás personas que tienen el atrevimiento de vagabundear por esos mundos. En vano se le demostraba que muchas cosas buenas (el té entre ellas) se disfrutaban gracias a aquellas aficiones refutables. Ella replicaba cada vez con mayor energía y confianza en la fuerza de su razona miento:

-No, no; nada de vagabundear.

Para no «vagabundear» yo tampoco, volveré al punto de mi nacimiento.

Nací en Bloonderstone, en Sooffolk, o « por ahí», como dicen en Escocia, y fui un niño póstumo. Los ojos de mi padre se cerraron a la luz de este mundo seis meses antes de que se abrieran los míos. Aún ahora supone algo extraño para mí el hecho de que nunca me llegara a ver; y todavía más extraño es el oscuro recuerdo que conservo de mi primer encuentro, siendo un niño, con la piedra blanca de su tumba en el cementerio; la indefinible compasión que sentía al recordarle allí tendido y solo en la noche oscura, mientras nuestra salita estaba caliente a iluminada por el fuego y las velas, y las puertas de la casa estaban cuidadosa y cruelmente (me parecía entonces) cerradas.


Una tía de mi padre y, por consiguiente, tía abuela mía, de quien hablaré más adelante, era el magnate de nuestra familia: miss Trotwood, o miss Betsey, como mi pobre madre la llamaba siempre cuando se atrevía a nombrar a aquel formidable personaje (lo que ocurría muy rara vez). Mi tía se había casado con un hombre más joven que ella y muy elegante, aunque no en el sentido del dicho «es elegante lo que el elegante hace», pues se sospechaba que pegaba a su mujer, y hasta llegó a contarse que una vez, discutiendo a propósito de cuestiones económicas, estuvo a punto de tirarla por la ventana de un segundo piso. Estas pruebas evidentes de incompatibilidad de caracteres indujeron a miss Betsey a darle dinero para que se marchara y consintiera en una separación amistosa. Él se marchó a la India con su capital, y allí, según una leyenda de familia, se le vio montado en un elefante y acompañado de un Baboon, aunque yo creo que más bien sería de un Baboo o de un Begum. Sea como fuere, diez años después, desde la India llegó a su casa la noticia de su muerte. El efecto que esta noticia causó en mi tía nadie lo supo. A raíz de la separación había vuelto a usar su nombre de soltera y, comprando una casita muy alejada en la costa, se había establecido allí con su criada, como una solterona, viviendo siempre recluida en un aislamiento inflexible.

Según creo, mi padre había sido el sobrino favorito de miss Betsey; pero mi tía se ofendió mortalmente con su boda, bajo el pretexto de que mi madre era «una muñeca», pues, aunque no la había visto nunca, sabía que no tenía todavía veinte años. Miss Betsey no quiso volver a ver a su sobrino. Mi padre tenía el doble de edad que mi madre cuando se casaron, y era de constitución delicada. Un año después de su boda, y, como ya he dicho, seis meses antes de mi na cimiento, murió.

Tal era el estado de las cosas en la tarde de aquel memorable (puede excusarse el llamarlo así) a importante viernes. No puedo vanagloriarme de haber sabido en aquella época lo que estoy contando, ni de conservar ningún recuerdo (fundado en la evidencia de mis propios sentidos) de lo que sigue.

 

Mi madre estaba sentada junto a la chimenea, mal de salud y muy abatida, y miraba el fuego a través de sus lágrimas, pensando con tristeza en su propia vida y en el huerfanito a quien sólo esperaba un mundo no muy contento de su llegada y algunos proféticos paquetes de alfileres preparados de antemano en el cajón de una cómoda del primer piso. Mi madre, repito, estaba sentada al lado del fuego, en una tarde clara y fría de marzo, muy triste y deprimida, y temerosa de no salir con vida de la prueba que le esperaba, cuando, levantando sus ojos para enjugarlos, vio por la ventana a una señora desconocida que entraba en el jardín.

La segunda vez que la miró mi madre tuvo la certeza de que aquella señora era miss Betsey. Los rayos del sol poniente iluminaban a la desconocida junto a la verja, y esta tenía un paso tan firme, un aire tan decidido, que no podía ser otra.

Cuando estuvo delante de la casa dio otra prueba mayor de su identidad. Mi padre había contado a menudo que la conducta de mi tía nunca era semejante a la del resto de los mortales; y, en efecto, aquella señora, en lugar de dirigirse a la puerta y llamar a la campanilla, se detuvo delante de la ventana y se puso a mirar por ella, apretando tanto la nariz contra el cristal que mi madre solía decirme que se le había puesto en un momento completamente blanca y aplastada.

 

Esta aparición impresionó de tal modo a mi madre que yo siempre he estado convencido de que es a miss Betsey a quien tengo que agradecer el haber nacido en viernes.

Mi madre se levantó precipitadamente y fue a esconderse en un rincón detrás de una silla. Miss Betsey recorrió lentamente la habitación con su mirada, de un modo inquisitivo y moviendo los ojos como los de las cabezas de sarracenos que hay en los relojes de Dutch. Por fin encontró a mi madre y entonces, frunciendo las cejas como quien está acostumbrada a ser obedecida, le hizo señas para que saliera a abrir la puerta. Mi madre obedeció.

-¿La viuda de David Copperfield, supongo? -dijo miss Betsey con énfasis, apoyándose en la última palabra, sin duda para hacer comprender que lo suponía al ver a mi madre de luto riguroso y en aquel estado.

-Sí, señora -respondió débilmente mi madre.

-Miss Trotwood -dijo la visitante-. ¿Supongo que habrá oído usted hablar de ella?

Mi madre contestó que había tenido ese gusto, pero tuvo consciencia de que, a pesar suyo, demostraba que el gusto no había sido muy grande.

-Pues aquí la tiene usted ---dijo miss Betsey.

 

Mi madre, con una inclinación de cabeza, le rogó que pasara, y se dirigieron a la habitación que acababa de dejar. Desde la muerte de mi padre no habían vuelto a encender fuego en la sala.

Se sentaron. Miss Betsey guardaba silencio, y mi madre, después de vanos esfuerzos para contenerse, prorrumpió en llanto.

-¡Vamos, vamos! -dijo mi tía precipitadamente, Nada de llorar; ¡venga!, ¡venga! Mi madre siguió sollozando hasta quedarse sin lágrimas.

-Vamos, niña, quítese usted la cofia -dijo miss Betsey-, que quiero verla bien.

Mi madre estaba demasiado asustada para negarse a la extravagante petición aunque no tenía ninguna gana. Con todo, hizo lo que le decían; pero sus manos temblaban de tal modo que se enredaron en sus cabellos (abundantes y magníficos), esparciéndose alrededor de su rostro.

-Pero ¡Dios mío! --exclamó miss Betsey-. ¡Si es usted una niña!

Indudablemente, mi madre parecía todavía más joven de lo que era, y la pobre bajó la cabeza como si fuera culpa suya y murmuró entre sus lágrimas que lo que de verdad temía era ser demasiado niña para verse ya viuda y madre, si es que vivía....