tercera parte

 

El texto de la parte 03 se corresponde con la misma parte del ejercicio.

 

La Sombra (parte 3)

Hans Christian Andersen

 

 

Al instante observó que el recién llegado era por completo diferente a los otros.

–Dicen que ha venido para hacer crecer su barba, pero yo veo la verdadera causa: no tiene sombra.

Llena de curiosidad, entabló inmediatamente conversación con el caballero extranjero durante el paseo. Como princesa que era, no se andaba con muchos miramientos, por lo que le dijo:

–A usted lo que le ocurre es que no tiene sombra.

 

–Vuestra Alteza Real debe haber mejorado notablemente –dijo la sombra–. Sé que vuestra dolencia consiste en que veis demasiado bien, pero debe haber desaparecido; estáis curada. Precisamente yo tengo una sombra muy extraña. ¿No habéis visto a la persona que siempre me acompaña? Otros tienen una sombra vulgar; pero yo detesto lo corriente. 

Igual que se viste al criado con librea de mejor paño que el que uno usa, he ataviado a mi sombra como si fuese una persona. Ved que hasta le he proporcionado una sombra. Es muy costoso, pero me gusta tener algo excepcional.

 

«¿Cómo? ¿Será posible que me haya curado de verdad? –pensó la princesa–.

¡Este balneario es único! El agua tiene en nuestros días propiedades asombrosas. Pero no me marcho, porque ahora comienza a estar esto divertido. El extranjero me gusta extraordinariamente. Con tal que no le crezca la barba y se marche.»

Por la noche, en el gran salón, bailaron la princesa y la sombra. Ella era ligera, pero más aún lo era él. Nunca había tenido la princesa pareja semejante. Ella le dijo qué país era el suyo y él lo conocía. Lo había visitado, en ocasión en que ella estaba ausente. Había curioseado por las ventanas aquí y allá y visto de todo, por lo que pudo contestar a la princesa y hacer alusiones que la dejaron estupefacta.


«Debe ser el hombre más sabio del mundo», pensó, tal era su admiración por lo que sabia. Y cuando bailaron de nuevo, la princesa quedó enamoradísima, de lo que la sombra se dio cuenta, porque ella le atravesaba con su mirada. A esto siguió otro baile y ella estuvo a punto de decírselo, pero mantuvo su serenidad y pensó en su país y en su reino, y en las muchas personas sobre las que reinaba.

«Es un sabio –se dijo–, lo cual es cosa buena. Y baila espléndidamente, lo cual es también bueno. Pero me pregunto si tendrá conocimientos profundos, y eso es también importante. Intentaré examinarle.»

 

Y entonces comenzó poco a poco a hacerle las más difíciles preguntas, que ni ella misma hubiera podido contestar; y la sombra puso una cara sumamente extraña.

–¡No sabe usted la respuesta! –dijo la princesa.

–Lo aprendí de párvulo –dijo la sombra–. Creo que hasta mi sombra, allí junto a la puerta, sabrá contestar.

–¡Su sombra! –dijo la princesa–. Sería en verdad extraordinario.


–Bueno, no digo que lo sepa –dijo la sombra–, pero creo que sí. Me ha seguido y oído durante tantos años, que creo que sí. Pero Vuestra Alteza Real permitirá que le advierta que pone tanto empeño en hacerse pasar por una persona, que para tenerle de buen humor; y debe estarlo para contestar bien, ha de ser tratado precisamente como una persona.

–Me complacerá hacerlo –dijo la princesa.

Y se acercó al sabio que estaba junto a la puerta y habló con él del sol y de la luna, de unos y de otros, y él contestó con todo acierto y cordura.

«¿Cómo será este hombre, cuando tiene una sombra tan sabía? –pensó ella–.

Será una auténtica bendición para mi pueblo y mi reino, si lo elijo como esposo.»

Y ambos estuvieron de acuerdo, la princesa y la sombra, pero nadie debía saberlo antes de que ella regresase a su reino.

 

–¡Nadie, ni siquiera mi sombra! –dijo la sombra, y tenía sus particulares razones para ello.

Tras esto, fueron al país donde reinaba la princesa, una vez que ella había regresado.

–Escucha, amigo mío –dijo la sombra al sabio–. He llegado a ser cuan afortunado y poderoso puede ser un hombre. Ahora haré algo extraordinario por ti. Vivirás siempre conmigo en palacio, irás conmigo en mí carroza real y tendrás cien mil escudos al año.

 


Pero permitirás que todos te llamen sombra; no deberás decir nunca que fuiste hombre, y una vez al año, cuando me siente al sol en el balcón para mostrarme al pueblo, tendrás que tenderte a mis pies, como debe hacerlo una sombra. Has de saber que me caso con la princesa. Esta noche será la boda.

 

–¡No, eso es monstruoso! –dijo el sabio–. ¡No quiero, no lo haré! ¡Sería defraudar al país y a la princesa! ¡Lo diré todo! Que yo soy el hombre y tú la sombra. ¡Que apenas si eres un disfraz!

–No lo creerá nadie –dijo la sombra–. ¡Sé razonable o llamo a la guardia!

–¡Iré a ver a la princesa! –dijo el sabio.

–Pero yo iré primero –dijo la sombra–, y tú irás al calabozo.

Y así fue, porque los centinelas le obedecieron, al saber que iba a casarse con la princesa.

 

–¡Estás temblando! –dijo la princesa, cuando la sombra fue a visitarla–. ¿Ha ocurrido algo? No irás a ponerte enfermo esta noche, en que vamos a casarnos.

–Me ha sucedido la cosa más terrible que pueda ocurrir –dijo la sombra–.

¡Imagínate (claro, una pobre cabeza de sombra como ésa es incapaz de resistir mucho); imagínate, mi sombra se ha vuelto loca, cree que ella es el hombre y que yo (imagínate, si puedes), que yo soy su sombra!

–¡Qué horror! –dijo la princesa–. ¿Lo habrán encerrado, supongo?

–Sí. Me temo que nunca recupere la razón.

–¡Pobre sombra! –dijo la princesa–. Qué desdicha para él. Sería una verdadera obra de caridad liberarlo de la mezquina vida que lleva y cuando pienso en ello, creo que se hace preciso el quitársela con toda discreción.

–Resulta cruel –dijo la sombra– porque era un buen sirviente.

Y pareció dar un suspiro.

–¡Qué nobles sentimientos! –dijo la princesa.

Por la noche, toda la ciudad estaba iluminada y los cañones hicieron ¡pum! y los soldados presentaron armas. ¡Qué boda aquélla! La princesa y la sombra se asomaron al balcón para mostrarse y recibir una vez más las aclamaciones.

 

El sabio no se enteró de nada, porque le habían quitado la vida.